Un infierno insignificante

No soporto el ruido que hace al masticar. Parece que lo hiciera a propósito, para irritarme, para vengarse lentamente. Cereales con leche, galletas de arroz, el chasquido al sorber la sopa.

Hay días que pienso en hablarle y decirle que pare, que se detenga de una vez por todas. Pero hablarle es imposible, y pensar en algo imposible me agota, me hace sudar por dentro. Dichosos los sordos que sólo escochan su imaginación.

La música podria enmudecerlo si quisiera, pero con el tiempo se volvería insoportable como su lengua, sus dientes, su paladar.

¿La única solución es aceptarlo? ¿Rogar la llegada del acostumbramiento?

También puedo envenenarlo, es más poético que acostumbrarse.

No sé. Pero no soporto el ruido que hace al masticar. Lo miro y me mira, y encuentro esa mueca torcida que me duele en los oídos. Un infierno insignificante. Duerme cuando yo duermo. Despierta diez minutos antes de que suene mi despertador y, cuando llego a la cocina, ya está masticando. Cereales con leche, tostadas crocantes, yogur. Todo se ofrece ante su boca. El concierto intolerable da comienzo.

¿Cuántos días han pasado ya? ¿Podrá perdonarme alguna vez?

Tener un hijo es un acto natural, implícito en el hombre.

No debería castigarme por eso.

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