El Parque

Saliendo de tren se acerca, mirando con curiosidad, yo sin responder sigo camino junto con la multitud de masas que se abalanzan frente a los molinetes, tratando de salir de ese submundo lúgubre y sin sentido hacia el bosque gris, interne, poblado de gente pero vacío de alma, entre uniformados de la empresa y vendedores de nimiedades. Sigo mi rumbo, mostrándome como el resto, indiferente frente a la monotonía del día a día. Seguimos mismos caminos, yo aún sin notar su presencia. Hasta que de pronto sobre la peatonal la masa se quedó quieta. Esperando que el semáforo, los deje cruzar sin que los automóviles acaben con sus vidas. De pronto escucho una voz, saludándome. Noto una figura que no despertaba ningún deseo carnal en mí, pero que sin embargo me llamó la atención. Mostró una sonrisa, de esas que son realmente genuinas, no de esas hipócritas con dientes blanqueados, sino una humilde sonrisa. Me atrajo de inmediato, aunque suene desesperado o incluso irreal, le pedí hablar. El semáforo nos obligó a cruzar la avenida de asfalto pero nuestras miradas estaban clavadas. -¿Y ahora qué hago?- Pensé muy en mi interior, temiendo a que se de cuenta, -Nunca he hecho esto antes, pero no quiero echarlo a perder…-.

Fue un momento realmente indescriptible, en el cuál  todos los tópicos para tener una conversación decente se perdieron. Simplemente eramos dos desconocidos que decidimos parar, aunque sea por un segundo, la rutina burguesa. No sé si fue suerte o qué pero los dos poseíamos la exacta cantidad de tiempo libre. Caminamos hacia un Kiosko, lo único colorido que había por la calle, y pedí café. -Tengo un termo.- Dijo abruptamente, yo sonreí; Hacía mucho que deseaba un buen mate: argentino, humilde, acompañado.

Seguimos rumbo hasta la plaza, esa que está frente al Palacio Paz y nos quedamos ahí, parados uno frente al otro, sin saber como proseguir. -¿sos alérgico al pasto?.- Preguntó con un tono burlón. Reí, y eso que generalmente la vida no me ha dado muchos motivos para reírme, pero este fue uno de ellos. Y ahí comenzó, una charla dinámica, descontracturada y libre. Todos los tópicos que había pensado para hablar fueron remplazados por improvisaciones, al principio con respeto, pero que luego hurgaban en lo más profundo de nuestros seres. Desde autos, romances pasados y actuales, metáforas, poesias, comida, arquitectura, política… Tantas cosas conversamos, que incluso no suelo contarle a nadie, pero en ese momento sentía la confianza de decírselas. Claramente el objetivo de romper la rutina se cumplió. Cuando el sol se fue retirando, sentimos la necesidad de acercarnos, no sé si por una cuestión de temperatura corporal, sino más para sentirnos si realmente no estábamos imaginando este momento. Ahí fue cuando sentí un poco de duda, si realmente esto iba a ir hacia algo más. Por suerte lo fue, y el calor mutuo fue creciendo a una velocidad increíble. Nada explícito, ni vulgar, sino sutil pero eficaz. Y así nos quedamos, creo que por más de dos horas, hasta el agua se había enfriado, el resto de la gente se fue retirando y nosotros seguíamos ahí, mirándonos los ojos.

Todo parecía tan perfecto, hasta que siento una vibración de su bolsillo, era su teléfono. Mientras revisaba sus mensajes, me tomé el tiempo de mirar el mío: “5 llamadas perdidas” Realmente nos habíamos abstraído del mundo externo. ya había pasado la hora pico, no había masas de gente movilizándose  por las esquinas, estabamos solos. -Me tengo que ir, mi madre me espera.- Me dijo con timidez. Automáticamente le pedí su número, pero lo único que hizo fue tomar sus pertenencias y levantarse. Me tomó de la mano mientras yo trataba de pararme, como un gesto de ayuda. Me dijo su nombre, me besó y se fue cruzando el parque hasta la peatonal. Yo me sentía triste y repetía su nombre en mi cabeza, pensando que las redes sociales podían solucionar mi duda, así que mantuve esperanzas, y fui apresurado hacia la estación.

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