El té de la desesperación (1)

Después de haber estado ocho horas en la oficina, sin pausa para almorzar, mirás el reloj y decidís marcharte a tu casa. No le notificás a nadie, simplemente te vas de ahí. La recepcionista, dueña de todos los chismes del piso 17 te mira como entrás al ascensor sin tu portafolios, solo con tu saco negro a rayas en la mano. La vés que hece una llamada, pero realmente hoy no te importa. Te querés ir de esos cajones con luz artificial.

Salís a la calle, la boca de subte está a dos cuadras. Pero no, decidís ir caminando a tu casa. Preferís que te salgan cayos en los pies con esos zapatos de suela, antes de meterte bajo tierra en un vagón lleno de gente desconocida y con rostros de indiferencia. A la quinta cuadra mirás la vidriera de una herboristería. Observás la cantidad de frascos llenos de especias y pensás cuántos sabores, aromas, sensaciones y experiencias pueden haber, y tan poco tiempo para disfrutarlos todos. Entrás y pedís un té de ginseng y cardamomo solamente porque te causo gracia el nombre que la dueña le había dado al producto. Seguís tu camino. Pensando en todos esos recovecos y pasillos que hay en la ciudad, en donde la gente habita, socializa, y se aísla del mundo exterior, tan crudo y ácido.

Llegás a la entrada de tu condominio, y ves a la vecina sacando a pasear a su perro, una pobre bestia encerrada entre cuatro paredes con ansias de salir a la calle para satisfacer sus simples necesidades que su dueña no le deja hacer en su propio hogar.  No querés tener contacto alguno con ella y te metés rapidamente en tu departamento. Dos ambientes, contrafrente, blanco níveo en las paredes, piso flotante, de esos que un paso se escucha como si fuese una estampida. Soltás el saco sobre el sofá marrón neutro, y te dirigís hacia la canilla, llenás la pava eléctrica de agua clorada. y la colocás en su base. Mientras tanto contemplás la vista horrenda que tu departamento posee: un muro de hormigón crudo del edificio trasero. Ni una flor, ni un corpiño secándose al viento, sólo hormigón gris.

Estás harto, ya no hay nada bueno en tu vida, todo es monótono, todo es rutina, todo se reduce a cinco pasos de la cama al baño, de casa al trabajo, de la oficina al hogar. Siempre lo mismo, desde el Cabrales de paquete dorado hasta las camisas lisas que tu madre te regaló hace más de dos años. Por algo tienes que empezar, desde tomarse unas horas para volver caminando hasta la infusión “de energías amorosas” que acabás de comprar. Todo ayuda a cambiar ese cronograma.

Pero sentís que no es suficiente, que algo le falta a tu vida, que aunque te cambiés de trabajo, te mudes a un penthouse en Puerto Madero con vista al río, simpre vas a estar vacío, sólo, sin nadie que te acompañe. Vos no querés esto. Estás dispuesto a tomar medidas desesperadas. Salís por la puerta, y corrés hasta la calle donde está tu vecina con su mascota. La agarrás de los brazos y la besás en los labios violentamente. Ella se suelta, y te pega en la cara; no como una mujer generalmente lo hace, sino con los nudillos, con una fuerza descomunal. Caes al piso, decepcionado, pensando que nada puede salir peor, pero es ahí cuando ella te comienza a patear. Salís corriendo devuelta hacia tu departamento, odiando cada instante que viviste hasta ahora.

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