El té de la desesperación (2)

Ya han pasado tres semanas de aquel beso espontáneo a tu vecina, que nunca más te la cruzaste, seguramente porque trata de evitarte. No podés dejar de pensar en ella. Esa manera tan brutal de responderte, a traves de la violencia. No todo es como las películas, con finales románticos, perfectos e idílicos.

Tu rutina volvió a la normalidad, consumiendo toda esperanza que tenías en salir adelante. De lunes a viernes de siete a cinco, en esa caja sin ventanas llamada oficina, atendiendo pedidos de otros, resolviendo problemas financieros, siendo un héroe anónimo. Vos pensás a quien acudir, esto no puede seguir así. Lo único que cambió después de ese día es el té, ahora pasás por ese local una vez por semana, probando todas las variedades diferentes que tienen a tu disposición. Desde el clásico Earl Grey, el suave té de Ceylon hasta las variedades más fuertes y exóticas como el Lapsang Souchong y el Kukicha. Lo único que te motiva es llegar a tu casa, encender la pava eléctrica y preparar ese brebaje tan milagroso y profundo. Cuando te diste cuenta, tomabas té en el desayuno, durante el almuerzo y a la hora de la cena. Es lo único que aleja tus preocupaciones y depresiones, lo que te mantiene vivo en este mundo terrenal, tan hueco y lejano.

Un día, cuando estabas girando la llave de tu puerta para entrar, la viste de nuevo, erguida, con su caniche color canela bajo el brazo. Te mira con cara de interrogación y miedo, vos le sonreís como todo un caballero, el perro te gruñe, ella indiferente. Entras rápidamente, tratando de olvidar lo que acaba de ocurrir, pero no podés. Te quedás vigilando por la mirilla por dos horas, a ver si aparece, pero nada. Ya es la hora de acostarte, pero no podés hacer nada, todo gira alrededor de tus perturbaciones. Es en ese momento en que se te ocurre una gran idea, utilizar lo que te ha ayudado todo este tiempo. La vas a invitar a tomar el té. pero no un servicio formal como esos que ves el los hoteles de Recoleta, sino simplemente un té informal, sencillo y armonioso en tu departamento, con la intención de aclarar las cosas. Pasan los días y lo único que pasa por tu cabeza es ella, y pensás como vas a reaccionar al momento de verla por el pasillo. Pero no la encontrás nunca, al parecer sus horarios son diferentes a los tuyos.

Ya pasaron diez días y ni un rastro de ella, por lo que decidís tocar a su puerta. Ella exclama desde el interior, pidiendo un minuto. Al cabo de un instante la puerta se abre y ella está ahí parada, con un brillo que nunca antes habías percatado. Seguramente sudor, fue un día bastante caluroso. Entre tanto analísis y observación pasó un minuto desde que la viste y no diste respuesta alguna. Por lo que ella dice “buenas tardes” con tono cortante, para romper el silencio. Ahí reaccionás y comenzás a hablarle con tono calmo y sumiso, pero sin caer en el aburrimiento. Le explicás que es lo que sucede, lo que sentís, y que realmente deseas conocerla, porque demostrás  ser una persona interesante, con personalidad y buena forma de afrontar la vida. Es en ese momento en que ella sonríe dulcemente, y su rostro se ilumina más aún. -¿ Era eso ? – responde en un tono burlón pero no ofensivo. – Realmente me halaga que me digas esto, pero hay una cosa…-. Tu mundo se derrumba más aún, no podés afrontar la derrota, no de nuevo. -¿ Pero cuál es el problema ?- gritás consternado -¿Es mi aspecto, mi cara, mi forma de encararte?¿Qué es lo que tengo?-. Una lágrima rueda por tu mejilla y sentís vergüenza, porque sabías que esto era posible, pero no lo percataste en el momento. Ella saca un pañuelo de su bolsillo y te lo ofrece, vos lo aceptás casi sin pensarlo y te limpiás la nariz. Ella te toma del brazo y te susurra en el oído. -No sos vos, para nada, es otra cosa…-.

En ese momento escuchan la campanilla del ascensor. Rápidamente se acomodan y van a sus respectivas puertas. Te apoyás en la pared lateral, a punto de desplomarte, pero escuchás la voz de tu vecina. por lo que tratás de ver por la mirilla que es lo que sucede ahí afuera. la ves a ella con otra mujer, tomadas de la mano, besándose apasionadamente. Tu indignación es descomunal, ¿cómo no te diste cuenta antes? Todas tus esperanzas volcadas en ella, que resulta ser una lesbiana. No lo podés creer, pero mantenés la calma, te servís una taza de té de camomila, y te sentás en el sillón, con la esperanza de que todo haya sido un sueño.

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