Sala de Espera (Para Lucía)

Y estábamos en la sala de espera del consultorio. Ella no podía quedarse quieta, estaba insegura, nerviosa y no podía encontrar la calma. Hace tres días que estaba así. Yo la entendía completamente, nadie podría estar tranquilo en una situación como esta.

Sale el doctor, pero no se dirigió a ella, sino a un hombre que estaba en una esquina, pálido, con el rostro desvanecido. Él se levanta y lo sigue a través del pasillo hasta la puerta de un consultorio. Al poco tiempo se escucha un grito eufórico y nos sobresaltamos todos lo que estaban en la sala. Inmediatamente la puerta del consultorio se abre y sale el paciente, totalmente cambiado, había vuelto a tener color en su rostro y una sonrisa que parecía dibujada con marcador de mejilla a mejilla. Estaba feliz y cómo no estarlo, el resultado había sido negativo.

En eso mi amiga observó todo lo sucedido y se larga a llorar, no puede contener su angustia, su desesperación, sus ganas de volver atrás en el tiempo. Ella comenzó entonces a cuestionarse en voz alta: “¿Por qué elegí ser así de puta? ¿Por qué fuí tan pelotuda en creer todo lo que ellos me decían? ¿Tan díficil era perder cinco minutos para bajar hasta la YPF de la vuelta?”. Y siguió susurrando cosas que yo no logré entender. Me levanto y la abrazo, diciéndole que todo va a estar bien, que espere hasta que vengan los resultados, que tenga esperanzas.

Es entonces cuando la doctora sale de la puerta vaivén y se dirige a nosotros. Se mostraba seria, incluso con cierta mirada de reprobación.  Mi amiga se desploma sobre los sillones de la sala y me mira fijamente, -andá vos y decime-

-Pero qué decís ni en pedo, vos tenés que ir, es tu salud- le respondí inmediatamente

– No quiero- lloriqueaba desconsolada -No quiero saberlo, sé que es mi salud, mi futuro, mi vida. Pero no quiero arruinarla tan rápido-

No sabía cómo reaccionar, como encarar una respuesta sin que sea ofensiva ni tampoco quería empezar con el discurso de la Madre Teresa o el dr. Mayo. Pero era mi amiga, tenía que decir algo para hacerla sentir mejor, algo que la ayude a tranquilizarse, algo que la haga entrar en paz.

-No estás sola, yo sé que pensás que tu familia y tus amigos no te van a querer más, pero eso no lo vas a saber si nunca se lo decís, pero de una cosa podés estar segura, que yo te voy a seguir queriendo, pase lo que pase seguís siendo la chica que conocí en la primaria; la que me mandaba mensajitos graciosos en horario de clase; la única persona en la que pude depositar toda mi confianza, mis secretos y tristezas; la que me acompaña en todas mis causas y me da su opinión sin importar lo que piensen los otros. Eso no va a cambiar, siempre voy a estar acá.-

Fue ahí cuando inmediatamente paró de llorar, se secó el rostro y con determinación acompañó a la doctora hacia el consultorio. Quise acompañarla, pero la médica me dijo con tono cortante, -solo familiares-. Y siguieron camino.

La realidad es que fueron veinte minutos, pero me parecieron horas. No tenía idea de lo que estaba pasando ahí adentro. ¿cómo o estaba tomando? ¿en qué pensaba? ¿qué va a hacer ahora? Ahora yo estaba nervioso.

Cuándo finalmente salió de allí su cara no mostraba absolutamente ningún sentimiento, estaba frígida. Me acerco, la tomo de los hombros y la miro a los ojos. Esa expresión no me era familiar, parecía otra persona.

Nos quedamos ahí por tres minutos en silencio, hasta que ella dijo, -se cagó todo, ya no puedo volver atrás, no más joda, no más vida. Se cagó todo. Qué pelotuda que soy. ¿Y ahora? ¿qué mierda hago? no no, no digas nada. Me voy, quiero estar sola. Gracias por todo.-

Nos levantamos y salimos a la calle, me abraza y se va en sentido contrario al que yo pensaba que iba a ir. Pensé que era lo mejor dejarla sola. Cómo iba a saber que esa era la última vez que la vería con vida.

El SIDA no la mató, la matamos nosotros, con nuestra falta de tolerancia, con nuestra forma de ignorar la realidad que nos rodea; con nuestra discriminación hacia los que están enfermos. Es nuestra culpa.

Intentemos cambiar esta realidad.

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