La mecedora

Ella está ahí, en su mecedora, mirando por esa ventana que da a un muro gris con manchas del tiempo, como las de su piel, ajada por las amarguras que tuvo a lo largo de su vida. Ella solo mira por la ventana, como si el paisaje de su antigua casa estuviese ahí, esa postal con los cerros de fondo contrastando con el arroyo y el pequeño puente de madera blanca que su difunto marido había construido muchos años atrás. 5 años van ya que no ve ese paisaje, pero aún así lo recuerda como si estuviese ahí, del otro lado del ventanal del chalecito inglés tan pintoresco de la zona. Ella, a pesar de todo, pertenecía a ese reducto en Córdoba, no a esta pocílga de 2 ambientes, oscura, con problemas de humedad, escondida en un 3ero H. Pero ella no se quejó, sabía que sus hijos necesitaban ayuda económica, además que la casa era demasiado grande para ella sola.
Hace meses que no tiene contacto alguno con sus hijos y ni hablar de sus nietos, cada uno haciendo su vida, forjando su destino, olvidando a la anciana que los crió. Esa dulce anciana que además era excelente repostera. Sus tortas y galletitas eran las mas solicitadas en las navidades y cumpleaños. Pero últimamente festejan en el exterior, olvidándola en la caja de zapatos en la cual la obligaron a vivir.
Ella vive de los recuerdos, de esas anécdotas que para uno son ridículas, pero que para ella, lo eran todo. Ni siquiera sus amigas del bridge de los sábados estan vivas, es la última sobreviviente de su generación.
Ya no le queda ninguna alegría. Por lo que decide irse de esta vida, para volver a reencontrarse con su marido, sus amigas, esas personas que realmente la valoraron como la gran persona que era. Ni siquiera un entierro decente le dieron sus hijos, ahogados por la avaricia. Lo único que querían era la división de bienes, pero gran sorpresa se llevaron, ya que ella vendió todas sus alhajas para pagarse los medicamentos y el poco alimento que consumía. Solo estaba esa mecedora, que terminaron tirando ya que nadie la quería. Solo esa mecedora en la que todos ellos fueron amamantados ahora en la esquina, esperando que un cartonero la valore más, incluso más de lo que sus hijos se dignaron en valorar a su madre.

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